10A: la Ciencia y la Tecnología, claves para el desarrollo nacional

En el Día del Investigador y la Investigadora, representantes de diversas disciplinas científicas y latitudes argentinas analizan y ponderan la importancia de que el país cuente con un fortalecimiento en las políticas públicas para el área científico-tecnológica. Alertan sobre el escenario crítico que supone el desfinanciamiento y el desmantelamiento del sistema y cómo una mayor inversión en CyT es clave para la soberanía nacional.

Doctor Alejandro Schinder, investigador del CONICET en la Fundación Instituto Leloir - Instituto de Investigaciones Bioquímicas de Buenos Aires.

Vivimos en un mundo cada vez más complejo, al que se explota y destruye a un ritmo acelerado que demanda soluciones y acciones inmediatas, o con una rapidez sin precedentes. Exige resolver problemas como la pobreza, la superpoblación, el cambio climático, las pandemias, la escasez de alimentos y agua potable.

La ciencia es indispensable para encontrar soluciones a estos problemas. En Argentina y en el mundo, la actividad científica es absolutamente necesaria. El bagaje de producción de conocimiento y formación de recursos humanos es indispensable para mejorar la calidad de vida, tomar decisiones adecuadas, generar energías que reemplacen a las que hoy son dominantes. Sólo nosotros seremos capaces de tomar decisiones que prioricen, sobre todo, resolver nuestras necesidades y falencias.

La ciencia, además genera una masa crítica de recursos humanos con formación del más alto nivel en diversas disciplinas. Esa masa crítica es necesaria para continuar desarrollando proyectos de investigación, llevarlos a aplicaciones concretas (vacunas, tratamientos, energías, plantas resistentes a sequía, etc.). Esos recursos humanos impactarán, además, en la industria, la política, la salud, la educación. 

La destrucción y desmantelamiento de la investigación que se lleva a cabo actualmente empujará a mucha gente a emigrar, no solamente a jóvenes en formación, sino, también a científicos formados en todos los niveles de la carrera. Impedirá también la repatriación de gente altamente formada y entrenada. Este escenario es enormemente destructivo, y constituye una apuesta segura al empobrecimiento de nuestro país. Mientras los daños se producen muy rápido, su recuperación es lenta y tremendamente costosa. Es imposible que este proceso destructivo sea beneficioso en modo alguno para Argentina.


Doctor Alejandro Nadra- Profesor en la UBA, investigador independiente del CONICET y director e investigador del iB3

Imaginen un país (Paleotina) sin CyT: viene una calamidad, como una epidemia de dengue, y solo queda acudir a la iglesia, brujo, chamán o TikTok para que indique una oración o bañarte en vainilla. Ahora imaginen esa misma epidemia en un país (Utopina) con CyT y, muy importante, una industria apoyada en esa CyT: identifica el agente causal (virus) y su vector (mosquito), lo combate, genera campañas de prevención basadas en evidencias, estudia tratamientos, administra (¡o desarrolla!) vacunas, garantiza acceso a repelentes e insecticidas.

Ahora imagínate otro país (Libertina) que hubiera tenido CyT (y que, seguramente le faltó una burguesía industrial que se apoye en ella), pero que, a fuerza de maltrato y desfinanciamiento, la hubiera pulverizado. No tendría la tranquilidad ingenua del rezo ni la vainilla porque “sabría” que eso no evita el mosquito ni el virus.

En Argentina hay un ecosistema de innovación que podría sustentar un país moderno (por ejemplo, en salud: universidades, CONICET, INTI, ANMAT, ANLIS, además de empresas con capacidad de producir repelentes, medicamentos y vacunas). Y, además, estamos en un país que tuvo 3 Nobel en Ciencias. Hoy, justamente, celebramos el día de la ciencia y la tecnología en el natalicio de uno de ellos, Bernardo Houssay, quien, además, fundó el CONICET.

En un país como Argentina, donde se enfrentan desafíos económicos y sociales significativos debido a la pobreza y la falta de recursos, la inversión en ciencia y tecnología es aún más crucial. Esta inversión no solo puede ayudar a superar los problemas actuales, sino también a sentar las bases para un desarrollo sostenible a largo plazo.

La ciencia y la tecnología pueden impulsar la diversificación económica al promover la innovación en sectores de alto valor agregado. Al fomentar la investigación en áreas como la biotecnología, la inteligencia artificial, la energía renovable y la industria creativa, Argentina puede generar nuevos productos y servicios con mayor demanda en los mercados globales y, en última instancia, mejorar la calidad de vida de sus habitantes.

Algunos números aproximados: el litio aumenta unas 100 veces su valor desde la salmuera de litio (extraída de salares) hasta hidróxido de litio, y otro tanto, como batería para auto eléctrico. La soja puede aumentar 100 o 1000 veces su valor por kilogramo desde el grano hasta su aceite o salsa de soja.

En los casos de satélites, medicamentos o software, donde Argentina tiene gran potencial, es más difícil definir esos números, pero es claro que la diferencia entre el “kilogramo” de infraestructura satelital, el gramo de IFA o la hora de programador genérico se potencia por miles o millones de veces cuando se puede completar la cadena de innovación productiva. Y la diferencia en valor no es solo dinero, es trabajo argentino.

Doctora Fabiola Macchione- Instituto de Investigaciones Psicológicas (IIPsi-CONICET-UNC)

La evidencia mundial demuestra que la inversión del PBI en ciencia es uno de los pilares fundamentales sobre el que se promueve, promulga y sostiene el desarrollo genuino de una nación. No es casualidad que los países más desarrollados del mundo sean quienes invierten por arriba del 2,5 por ciento de su PBI en CyT. En otras palabras, la inversión por parte de los estados nacionales no es considerada por las potencias mundiales como un gasto, sino como una inversión que redunda en beneficios sobre la salud y sobre aspectos socioeconómicos y productivos de esa población. Yendo a datos duros, en el último relevamiento realizado por la UNESCO en 2021, EE.UU. invirtió el 3,46 por ciento de su PBI en CyT, Alemania el 3,14, Japón el 3,30, Reino Unido el 2,91. Sin embargo, en ese mismo relevamiento se reportó que la mayoría de los países categorizados como en vías de desarrollo (según el Fondo Monetario Internacional y las Naciones Unidas), no alcanzan una inversión del 0,55% de su PBI en CyT. ¿Es primero el huevo? ¿O la gallina?

Les comparto, a modo de ejemplo, un escenario con un tema en particular: el alcohol. Hablamos de la droga de uso legal más consumida en el mundo. Se conoce que, a nivel mundial, las mujeres en edad reproductiva consumen 7 litros de alcohol puro per cápita anualmente. De allí se desprende una estimación que indica que entre un 10-15 por ciento de las mujeres embarazadas consumen al menos alguna cantidad de alcohol durante su embarazo y que, además, el consumo aumenta debido a que se flexibiliza durante la lactancia. En Argentina, en 2015 se realizó un relevamiento a mujeres embarazadas y se encontró un número muy superior a las estimaciones a nivel mundial: el 75 por ciento de las personas embarazadas encuestadas reportaron haber consumido alcohol en algún momento de su embarazo. Los consumos reportados están dentro de lo que podemos llamar consumo de tipo “social”, donde no se alcanzan niveles de ingesta ni patrones de conducta relacionados a consumos problemáticos. Esta ingesta materna de alcohol afecta al embrión y feto de manera directa dado que el alcohol en sangre materna atraviesa la placenta e inunda el líquido amniótico alcanzando las mismas concentraciones en líquido amniótico que en sangre materna.


Considerando entonces esta problemática tan vigente en nuestra sociedad, es intuitivo deducir la enorme importancia que tiene la ciencia, en distintos niveles. Hablamos, por ejemplo, de una investigación que aborde i) los efectos del alcohol en el organismo en desarrollo con el fin de evaluar sistemáticamente el impacto que tiene la droga sobre diferentes funciones fisiológicas en maduración en el organismo en desarrollo y ii) releve información acerca de los consumos maternos indagando sobre formas, frecuencias y niveles de consumo, contextos sociales en los que se realizan estos consumos, momentos del embarazo de mayor consumo, etc. Estas solo son 2 aristas representativas de una misma problemática social sanitaria que puede ser abordada de diferentes maneras.

El tema da para larga conversación. Podemos desenredar el ovillo de esta compleja problemática social sanitaria a través de, por ejemplo, metodologías de trabajo que llamamos “ciencia básica” donde, entre muchas otras cosas, se trata de escudriñar cuáles son los mecanismos que se encuentran alterados por la exposición temprana a la droga. Otra estrategia metodológica es a través de abordajes clínicos que permiten relevar sintomatología asociadas a situaciones de exposición al alcohol. Los estudios epidemiológicos son otra estrategia importantísima para conocer en una población local/regional/nacional, los índices de consumo materno en nuestra población en particular, sin tener que depender de los índices informados por otros países donde la cultura, el clima, etc. impacta diferencialmente sobre el consumo de alcohol.

Todas estas “maneras” de investigar esta problemática social permiten sustentar, orientar y promover acciones sanitarias y de concientización social relacionadas a la prevención primaria relativa al consumo de alcohol durante el embarazo y la lactancia. No hay una más importante que otra, sino que se complementan entre sí. De datos obtenidos de las investigaciones científicas es desde dónde tienen que forjarse las políticas públicas. La evidencia mundial indica que son las políticas públicas basadas en evidencia científica las que dan los resultados más efectivos y eficaces en el territorio.

Doctor Juan Bonnin- Investigador del CONICET y de la UNSAM

Cada época y lugar tiene un repertorio de frases, ideas y significados que pueden decirse, y otros que no pueden ni pensarse. Las ciencias y las artes ayudaron históricamente a empujar el límite de lo pensable y lo decible: la ciencia ficción del siglo XIX presentaba una realidad imposible que hoy forma parte de nuestra vida cotidiana; la lingüística formal de mediados del siglo XX está en el corazón de la inteligencia artificial que traduce, genera información y toma decisiones en el siglo XXI.

Hoy, en Argentina, tenemos nuevas frases, antes impensadas, que se expresan en hashtags, banderas o discusiones: #DefendamosLaCiencia, #NoAlCierreDelCONICET, #CienciaXArgentina o #NoALaDestrucciónDelSistemaCyT. Una búsqueda rápida por internet (bah, por Twitter, que es uno de los principales terrenos de un debate público cada vez más empobrecido) nos muestra que empezamos a usar estas frases en 2016. Desde ese momento, los límites de lo decible se fueron corriendo inexorablemente: ¿en serio es necesario argumentar que la ciencia es importante? ¿Realmente vamos a cuestionar el rol social del arte? ¿Tenemos que volver a deconstruir distinciones centenarias entre ciencias naturales y sociales?

Juan Bonnin, doctor en Lingüística e investigador del CONICET y de la UNSAM.


Podríamos enumerar centenares de campos y líneas de investigación que tienen un efecto mediato e inmediato en el desarrollo del país y el bienestar de la población: desde la investigación genética que mejora la productividad agrícola hasta los estudios sociales que hacen más eficiente el desarrollo y la implementación de políticas públicas; desde la aplicación de inteligencia artificial en el diagnóstico clínico, hasta el desarrollo de nuevos métodos de enseñanza de lenguas. Podríamos enumerar también los rankings que ubican a la ciencia argentina en los primeros puestos mundiales por la calidad y el impacto de sus investigaciones, pero en mitad de tabla por su presupuesto e infraestructura. Pero todo eso sería caer en la trampa.

Creo que el principal rol de las ciencias y las artes, en el contexto actual, es volver a mover las fronteras de lo pensable y lo decible. Invertir en estas áreas va mucho más allá del prestigio y el impacto inmediato, porque nos permite imaginar un horizonte para el desarrollo de nuestro país, y trazar nuevos caminos para alcanzarlo.

Dr. Hernán Grecco- Profesor de la UBA e investigador del CONICET.

La Argentina que soñamos aprovecha sus recursos naturales de manera sustentable, agregando valor a través de la innovación y el desarrollo tecnológico; pensando no sólo en la riqueza de hoy sino, también, del futuro.

La Argentina que soñamos tiene un sistema productivo pujante y competitivo, capaz de generar bienes y servicios; con empresas innovadoras que apuestan por la tecnología y la calidad, que exportan sus productos al mundo.

La Argentina que soñamos genera empleo de calidad, donde cada persona puede desarrollarse personal y profesionalmente en un ambiente seguro y estable; con trabajos bien remunerados que permiten a las familias vivir dignamente.

La Argentina que soñamos aborda los problemas sociales, sanitarios, de infraestructura con una mirada estratégica, basada en datos y modelos que permitan tomar decisiones informadas y efectivas.

Esa Argentina, la que soñamos todos, necesita inversión pública en ciencia para convertirse en realidad. Invertir en ciencia es formar recursos humanos altamente capacitados, con conocimientos para dar soluciones innovadoras. Invertir en ciencia es sentar las bases para un desarrollo sostenible. Invertir en ciencia es dar lugar a nuevas ideas para abordar viejos problemas (y nuevos también).

Doctor Facundo Rodríguez- Investigador del CONICET en el IATE y comunicador científico

Vivimos en un mundo en el que las ciencias atraviesan cada vez más nuestra cotidianidad. Generar conocimiento científico, entonces, impacta en la vida de la gente, aun aquellos desarrollos que no buscan una aplicación a corto plazo. Poder generarlo en Argentina hace que ese impacto sea pensado localmente y, por lo tanto, tenga en cuenta nuestra mirada, nuestra cultura, nuestras vivencias. Dejar de generarlo, en oposición, hace que seamos dependientes, perdamos soberanía y sean otras miradas las que impacten en nuestra vida.

En comparación con otros países, lamentablemente, la inversión argentina en Ciencia ya viene siendo muy baja (tanto en los montos totales destinados como en términos del porcentaje de PBI). Y, a pesar de eso, es destacable que haya una gran cantidad de grupos de investigación consolidados en todas las áreas. Hay gente que, desde las periferias de nuestro país, llegan a producir conocimiento y presentarlo en los lugares centrales del mundo, afrontando tanto desafíos globales como locales. Desfinanciar la ciencia, entonces, sólo genera la pérdida de oportunidades que ha costado mucho conseguir y casi no impacta en las arcas del Estado. Sin embargo, hará que importemos más desarrollos producidos en otras latitudes y que se desmantelen espacios que ya existen y funcionan. También, mucha gente que ha estudiado y ha desarrollado una carrera científica en la Argentina (en su gran mayoría, con financiamiento público), decide irse a trabajar a otros países, y generar allá conocimientos que podrían generarse en nuestro país. Desfinanciar la investigación científica, al igual que la cultura y el arte, sólo produce la pérdida de oportunidades, el empobrecimiento y que se estrechen nuestras posibilidades.

En lo personal, me pregunto, ¿por qué no podemos estudiar acá, por ejemplo, la materia oscura o la evolución de las galaxias? Desde Argentina se realizan contribuciones significativas en estos temas. Además, a pesar de que pueden parecer lejanos a la mayoría de la gente, gracias a la historia de la investigación en Astronomía en nuestro país, hay museos, planetarios y diversos espacios donde se genera que la ciudadanía tenga acceso tanto a conocimientos globales como los que se producen localmente. En cuanto a otros desarrollos, para muchos estudios astronómicos se analizan grandes bases de datos y/o una utilización intensiva de recursos computacionales. Poder contar con gente que utiliza recursos de este tipo nos permite, a su vez, la posibilidad de acceder, por ejemplo, a sistemas computacionales de otros países.

Lejos de restringir la investigación científica, creo que deberíamos potenciarla, ampliarla y acercarla más a la ciudadanía. Para esto, es necesario más financiamiento y no recortes.

Doctora Andreina Cesari- Investigadora del CONICET en el Instituto de Investigaciones Biológicas (CONICET CCT Mar del Plata).

La investigación científica en reproducción animal es un andamiaje fundamental de la industria ganadera y se encuentra en constante evolución para satisfacer la demanda global de productos derivados. Desde mejorar la eficiencia reproductiva hasta prevenir enfermedades hereditarias o seleccionar una genética más favorable. Estas técnicas transforman la industria ganadera y contribuyen a la seguridad alimentaria global.

El equipo de investigación de Biología de Gametas del Instituto de Investigaciones Biológicas (UNMdP-CONICET) está conformado por investigadores y becarios que nos especializamos en esta temática. Los fines son múltiples, por ejemplo, desarrollar herramientas portátiles que permitan evaluar la calidad del semen de un animal en el campo; mejorar la congelación del semen ovino, que no funciona tan bien como en el toro, y así potenciar la producción de carne, leche y lana. También realizamos experimentos para averiguar por qué unos espermatozoides son más sensibles que otros a la congelación y qué compuestos les podemos agregar a los medios para mejorar la sobrevida.

Acá se establece un dialogo dinámico entre la investigación básica y aplicada, ya que para establecer un “para qué” es fundamental conocer primero “cómo”. Al final, esto contribuye para mejorar un área estratégica en nuestro país como es la producción agrícola-ganadera. Y esto solo es posible con el incansable trabajo de todos los miembros que integran el sistema científico. Por eso, consideramos que el indispensable contar con políticas públicas para el desarrollo de la ciencia y la tecnología.