Exactas y Naturales Divulgación 

PUEBLOS FUMIGADOS

Ana Zabaloy, emblema de la lucha por la vida

A seis meses de la muerte de la docente y activista ambiental, el Instituto de Ambiente de la UNLaM recuerda su militancia social y educativa contra el agronegocio y, fundamentalmente, contra las fumigaciones sobre las escuelas rurales.

“Nadie nos los contó, no lo leímos en ningún diario, nos pasó, lo vivimos, como una cotidianidad inevitable. Somos testigos obligados del costo humano del actual sistema productivo”. Ana Zabaloy.

Dr. Mariano Jäger y Mag. Cecilia Pellizzari (especial para Agencia CTyS-UNLaM) - Desde el Instituto de Ambiente de la Universidad Nacional de La Matanza quisiéramos cerrar este ciclo lectivo haciendo un recordatorio muy especial a Ana Zabaloy, docente y directora de la Escuela Rural N° 11 de San Antonio de Areco, fallecida en junio de este año.

Motivada por las reiteradas fumigaciones que ilegalmente se realizan por tierra y aire a pocos metros de su escuela en horario escolar, Ana emprendió una lucha incesante contra el mal uso de los agroquímicos. Esta situación de notable gravedad sucede desde hace décadas en distintos lugares e instituciones educativas del país, lo que llevó a los damnificados a movilizarse, articular con otros sectores y realizar congresos, actividades de concientización y jornadas de reclamo, tal como lo hace la campaña “Paren de fumigar las escuelas”.

Parte de esas luchas ambientales se dirimen –con avances y retrocesos- en el plano legislativo, pero quienes padecen las consecuencias del modelo en carne propia saben que esta vía es insuficiente. Si bien en 2015 la normativa fijaba una distancia de 100 metros para las fumigaciones (100 metros), en las inmediaciones de la Escuela Rural N° 11 pasaban los “mosquitos” fumigando del otro lado de la calle, a distancias de 30 metros o menos. Fumigaciones con herbicida 2,4-D (un componente que los militares estadounidenses lanzaron en Vietnam), eran (y son) parte de lo cotidiano, al punto que, desde el aula, los alumnos reconocen la presencia de las sustancias tóxicas en el aire por su olor característico. Con o sin prohibiciones, el avance del extractivismo sobre las vidas tiene peso de Ley.

El panorama se ratificó más adelante, en 2018, con apoyo explícito de la entonces gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal. Ese año se sancionó en la Provincia de Buenos Aires una resolución (246/2018-MAGP) polémica y regresiva, que autoriza la aplicación de productos fitosanitarios en lotes contiguos al área urbana, zona residencial extraurbana, área de población dispersa, márgenes de cursos o cuerpos de agua, zonas de bombeo, establecimientos educativos, áreas de esparcimiento y reservas naturales. La lista continúa. Así, vastos espacios en los que se desarrolla la vida de los pueblos, y los ecosistemas que la hacen posible, se convirtieron tácitamente en las llamadas “zonas de sacrificio ambiental”.

Con esta reglamentación, se permite la aplicación de químicos como Atrazina, 2.4-D y Glufosinato de Amonio, en zonas contiguas a las mencionadas, inclusive escuelas, considerando diferencia de un minuto con respecto al horario de clases, todo en función del “desarrollo”. Las cientos de pruebas científicas del perjuicio ambiental y sanitario que generan estas sustancias son sistemáticamente desestimadas por el discurso oficial que las habilita y promueve. A tal punto que, en 2019, el ex presidente Mauricio Macri llegó a referirse a las normativas que estipulan la distancia de fumigado como “absurdas” y asumió que, si había algo en riesgo, eso era “el 20% de la capacidad agroindustrial de la provincia”.

La resolución de 2018 fue objeto de oposición de muchas organizaciones e instituciones, y llevó a Ana Zabaloy a publicar una carta en repudio. “…Conocemos en primera persona el costo humano de este modelo basado en transgénicos y venenos, y no puedo dejar de vincular esta medida con el cierre de escuelas rurales que se está realizando en toda la provincia de Buenos Aires. Es tristísimo y terrible, pero no es casual: es un plan para dejarle el territorio libre al agronegocio…”, manifestó la docente en aquel documento.

Quienes escriben estas líneas conocimos a Ana en el año 2015. En ese entonces, investigábamos sobre el uso de productos fitosanitarios junto con algunas universidades miembros de la Red de Universidades del Conurbano (Universidad Nacional de General Sarmiento y Universidad Nacional de San Martín), y de la estación experimental AMBA del INTA, a pedido de Defensoría del Pueblo de la Nación. Una mañana nos acercamos al Hospital Garrahan para asistir a la charla sobre agrotóxicos y salud «Escuelas fumigadas» y «Venenos en tu mesa y tu botiquín», en la que Ana disertaba, contando su experiencia. El aula donde nos encontrábamos estaba empapelada con dibujos de los alumnos de Ana, que contaban, desde sus miradas, la vivencia de situaciones traumáticas relacionadas con los agroquímicos. El campo, la siembra, los tractores, la lluvia, elementos fuertemente presentes en el imaginario de lo rural, en esos dibujos denotaban solo una cosa: muerte. Sin embargo, entre esa realidad inocentemente retratada también se abrían paso vestigios de vida, flores y plantas que, pese a todo, resistían.

Lejos de los campos fumigados, un hospital tan emblemático como el Garrahan nos encontraba reunidos por una misma preocupación. Los médicos, con la impotencia de recibir semana tras semana casos idénticos de pueblos distintos: decenas de niños con enfermedades terminales relacionadas a los agroquímicos; los docentes de escuelas rurales, dando testimonio de un calvario que vivían en primera persona; y varios miembros de instituciones académicas, investigadores y docentes, compartiendo resultados de estudios que, en última instancia, respaldan una y otra vez lo que los pueblos ya saben. Ahí nos encontramos, compartimos, debatimos, y pusimos en común lo que todavía queda por hacer para transformar este escenario.

En 2016, ya preparándonos para publicar el libro que compilaba los resultados de nuestra investigación, contactamos a Ana para pedirle que los dibujos de sus alumnos fuesen parte de la obra, a lo que ella accedió muy amablemente. En 2017, cuando se presentó el trabajo en la Feria del Libro, esas ilustraciones mostraron el lado más cruel de lo que el sistema agroalimentario plantea para los pueblos. ¿Acaso no es ese el argumento indispensable, el único necesario, para dar cuenta de que, paradójicamente, el desarrollo que se pregona hipoteca lo más importante?, ¿No serán esas las voces que hay que escuchar con más atención que a cualquier prueba o evidencia científica?

Ana Zabaloy luchó desde y en la escuela, y dejó allí herramientas para que esos niños sigan su legado y construyan otra realidad posible. La noticia de su muerte, en junio de este año, golpeó a toda la comunidad ambientalista y educativa, y conmovió a todos aquellos que tuvieron el gusto de conocerla, de verla pelear por el derecho a la vida y al medio ambiente sano. Su legado quedará en esta contienda que aún no termina, su semilla se sembró en el mejor terreno posible: la escuela. Hoy la homenajeamos y la recordamos como la mujer que, pese a la adversidad y los avatares de la justicia, se mantuvo de pie. En ese camino continuamos. Paren de fumigarnos.

Fecha de Publicación: 2019-12-19
Fuente: Agencia CTyS