Recorridos que prometen y ciencia que inspira

En el marco del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, que se celebra este viernes 11, cuatro investigadoras reconocidas por el MINCyT en su lucha contra el COVID-19 reflexionan sobre la importancia de este premio, las dificultades de investigar durante el aislamiento y el reto de romper el techo cristal en el ámbito científico.

Marianela Ríos (Agencia CTyS-UNLaM)– Cuando la ciencia es el destino, los caminos que conducen a ella son múltiples. Emprenderlos es, muchas veces, una cuestión de oportunidad… ¿para todos? Desde la infancia, las mujeres tienen mucha menos representación femenina a la que aspirar -o simplemente observar- en el ámbito científico.

Esas barreras se traducen en menos presencia: según datos de la UNESCO, a nivel mundial, las mujeres representan menos del 30 por ciento en la ciencia. El género funciona como un factor que desequilibra la balanza todo el tiempo, incluso, en pandemia. En ese devenir científico, de cuarentenas, multiexigencias y nuevos desafíos, las mujeres también enfrentan más dificultades que sus colegas varones.

Como una forma de revertir estos escenarios, el Programa Nacional para la Igualdad de Géneros del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación (MINCyT) entregará un “Reconocimiento a mujeres en la etapa inicial de las carreras de investigación por su labor científica sobre COVID-19”. Se trata de un galardón que recibirán 18 científicas de todas las regiones del país, que participaron en proyectos de investigación financiados por el Programa de articulación y fortalecimiento federal de las capacidades en ciencia y tecnología COVID-19. La fecha elegida para su entrega es este 11 de febrero, Día Internacional de la Mujer y la Niña en la ciencia. Aquí, algunas de sus historias.

Investigar contra viento y tierra

Lorena Álvarez Manríquez es docente en la Universidad Tecnológica Nacional (UTN Facultad Regional Chubut) y está realizando un doctorado en Ordenamiento Territorial y Desarrollo Sustentable en la Universidad Nacional de Cuyo. “Me demanda muchos viajes. En el primer año viajé todos los meses porque, lamentablemente, en la región patagónica no tenemos muchas ofertas de doctorado. No nos queda otra que movernos”, cuenta desde Puerto Madryn, donde vive actualmente.

De chica, nunca pensó en hacer una carrera de investigación científica. En su familia no había una tradición académica y asegura que, “al sistema”, entró “tarde”. “Tengo 39 años y me tendría que doctorar en unos meses. Ingresé con el límite de edad que ahora, por suerte, ya no está más. Mis papás siempre me inculcaron trabajar y eso hice en empresas durante mucho tiempo. Dejé la industria porque no era compatible con la crianza y tuve la suerte de ser consultora externa del MINCyT, a través de una convocatoria de la UTN, y ahí empecé a conocer este mundo”, recuerda la licenciada en Organización Industrial.

Cuando se tomaron las primeras medidas preventivas contra el COVID-19, en marzo del 2020, junto a otros colegas se vieron “interpelados” por la situación social y decidieron dejar de lado sus temas de trabajo para investigar las consecuencias de las normas gubernamentales de aislamiento en la población. El resultado fue el estudio "Análisis prospectivo inteligente del impacto social, económico y productivo del COVID en la provincia de Chubut", dirigido por la investigadora del Instituto Patagónico de Ciencias Sociales y Humanas (IPCSH) María Florencia Del Castillo y avalado por el CCT CONICET-CENPAT y la Universidad Nacional de la Patagonia.

El camino no fue fácil. Por las mismas limitaciones gubernamentales, se encontraron con varios obstáculos para poder llegar a relevar datos en lugares del interior del territorio. “Vimos la disparidad entre ciudades y lugares más alejados que no pudieron tener acceso a una medida paliativa porque ni siquiera cuentan con servicio de internet. Al verse limitado el movimiento de personas y el transporte público de media y larga distancia, quedaron aislados”, lamenta.

En paralelo, las complicaciones se replicaron hacia adentro de sus hogares. Como gran parte de la sociedad, la modalidad del trabajo virtual llegó a las casas para cambiar las rutinas laborales y domésticas. “Éramos un montón de investigadores en plena pandemia, lidiando con cosas que nos pasaban a nosotros mismos, como no tener lugar de trabajo y tener que hacerlo en tu casa, lo que es complicado en la época invernal en la Patagonia porque hay mucho viento y poca conectividad. Implicó un esfuerzo muy grande de articulación de parte de todos”, recuerda.

Asimismo, para muchas mujeres trasladar su ámbito laboral al hogar significó una sobrecarga en las tareas de cuidado, y su caso no fue la excepción. “Fue complejo porque los niños y la escuela virtual demandaban más atención. El principal desafío para las mujeres siempre es compatibilizar los múltiples roles que tenemos que cumplir. Lo mismo que veíamos en el estudio que atravesaba los grupos de interés, nos estaba pasando a nosotras. Estábamos estudiando un fenómeno que nos atravesaba”, reconoce.

A pesar de las complicaciones, el proyecto fue terminado y publicado y su aporte a repensar políticas públicas específicas del territorio forma parte de este reconocimiento que, para la becaria del CONICET, “materializa una política de igualdad dentro de la ciencia al reconocer que las mujeres tienen menos posibilidades que los hombres”.

“Este tipo de premios sirven para hablar más de la mujer en la ciencia. Yo no tuve ningún fomento en toda mi trayectoria escolar, inclusive en la universidad, sobre todo estando en una tecnológica. A medida que las personas hablen del rol de las mujeres en diferentes ámbitos, más se va a poner en agenda. Creo que ese es el valor más importante de este programa”, destaca.

Su experiencia tiene un correlato en cifras. Según el informe “Diagnóstico sobre la situación de las mujeres en la ciencia y la tecnología” elaborado por el MINCyT en febrero de 2021, las mujeres están subrepresentadas en las áreas de ingenierías, tecnologías, ciencias agrícolas y ciencias naturales y exactas. Un dato lo resume: casi dos de cada 10 investigadores hombres se dedican a las ingenierías y tecnologías, cuando solo una de cada 10 investigadoras lo hace.

Nada como ir juntas a la par

En el ámbito científico, los intereses en común muchas veces llevan a coincidir con colegas en varios proyectos.  Y a veces, también, los senderos se cruzan en un mismo reconocimiento. Ese es el caso de Constanza Urdampilleta, bióloga y doctora en Ciencias Biológicas, y Ana Garay, arquitecta y doctora en Ciencias Sociales.

Ambas investigadoras formaban parte de otro grupo de trabajo cuando un proyecto dirigido por Alberto Tasso y co- dirigido por Esteban Ithuralde, en el Instituto de Estudios para el Desarrollo Social (INDES, FHCSyS/ UNSE - CONICET), las unió nuevamente. El estudio lleva el nombre de "Identificación de estrategias y dispositivos institucionales y comunitarios significativos para mitigar los efectos sociales del Aislamiento Social Preventivo Obligatorio en los territorios" y se desarrolló en la Universidad Nacional de Santiago del Estero.

Durante un año, abordaron los efectos sociales del Aislamiento Social Preventivo Obligatorio (ASPO), buscando profundizar y sistematizar conocimientos acerca de las poblaciones vulneradas del territorio provincial. El proyecto abarcó diferentes ejes con el fin de comprender la multidimensionalidad de esta problemática social.

“A grandes rasgos, lo que pudimos observar es que las desigualdades en este escenario eran preexistentes, obviamente, pero la pandemia las profundizó. Santiago del Estero es una de las provincias con mayor porcentaje de población rural con déficit en un montón de aspectos. Muchas políticas fueron pensadas desde los centros, lo que hace que se dificulte su aplicación en estos lugares”, explica Garay.

La perspectiva de género también fue uno de los temas que emergió en todos los ejes estudiados. Para las investigadoras, este aspecto demuestra “la necesidad de atender las desigualdades en la provincia”. “Con la pandemia se han reconfigurado las tareas de cuidado y eso es lo que nosotras más trabajamos. Vemos que termina habiendo una recarga en el trabajo de las mujeres porque no hay infraestructura adecuada”, puntualiza Urdampilleta.

En ese sentido, y al igual que Álvarez Manríquez, ellas mismas sostienen que se vieron afectadas por la misma problemática que analizaban en los diferentes escenarios. Para la doctora en Ciencias Sociales, no poder ir al campo de estudio fue una de las principales limitaciones que convergieron, también, con las de su cotidianeidad.

“Tengo una hija que estaba terminando la primaria, lo que implica un montón de cambios. No solo la cuestión práctica de la escuela, la limpieza y demás tareas, sino priorizar el apoyo emocional hacia una misma y hacia ella. Por momentos, había mucha saturación. Hasta hemos hecho catarsis con todos los compañeros de trabajo”, cuenta entre risas.

En el caso de la doctora en Ciencias Biológicas, el proyecto se dio en el marco de muchos cambios personales, pero destaca que llevar adelante el estudio “permitió sostener una actividad que atendía a la situación del contexto”, una de las premisas que desde sus primeros años de carrera -reconoce- la motivan a seguir en el campo científico. “Siempre encontré, en ciertas formas de investigación -como las tienen que ver con este proyecto- ámbitos en los cuales me fui arraigando”, reconoce.

La trayectoria de Ana fue diferente. Si bien la investigación en Ciencias Sociales no es un camino que predomine dentro de la Arquitectura, ella pudo encontrarlo al calor de las organizaciones. “Durante la facultad había empezado a trabajar con un grupo de arquitectos sobre la producción social del hábitat en Tucumán, pero lo hacía de manera gratuita y tenía una hija que mantener. Entonces, buscando las posibilidades, me encontré con la investigación y la posibilidad de combinar la teoría con la práctica”, recuerda.

A pesar de las tradiciones y disciplinas diferentes, el proyecto y la distinción del Ministerio las encontró, una vez más, juntas. “Fue sorpresivo y muy agradable contar con este reconocimiento que es producto de mucha lucha de mujeres”, asegura Constanza, mientras Ana asiente y resalta la importancia que, desde un Ministerio, “se esté reconociendo que las mujeres tienen distintas trayectorias y que es necesario empezar a evaluar y generar distintas condiciones dentro del ámbito científico, que es bastante desconocedor de nuestras realidades”.

Hacia el final, un agradecimiento que ninguna quiere dejar de lado, lo esencial de las otras protagonistas de este premio: “Las referentes territoriales de las organizaciones han hecho mucho por este trabajo, han llevado encuestas y resultados casa por casa. Son mujeres que han velado por el bien común y el cuidado de sus comunidades todo este tiempo, para que la gente salga adelante. Sin dudas, forman parte de esto”.

Nadie hace ciencia sola

Las tecnologías digitales y su vinculación con las desigualdades sociales siempre fueron el tema de investigación de Magdalena Lemus, profesora y licenciada en Sociología y doctora en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de La Plata. Sin saberlo, la pandemia llegaría con varias problemáticas emergentes que harían, de su campo de trabajo, un lugar predilecto para analizar nuevos contextos.

Junto a un equipo liderado por el doctor en Ciencias Sociales, Sebastián Benítez Larghi, que desde hace varios años se dedica a indagar dichas áreas, presentaron “Continuidad Pedagógica en tiempos de pandemia: un estudio de las modalidades educativas a distancia y su incidencia en las desigualdades sociales en la Provincia de Buenos Aires”, el proyecto que fue el puntapié de esta distinción.

“Lo que a grandes rasgos encontramos es que el acceso a las tecnologías sigue siendo desigual: no todas las clases sociales acceden a internet de la misma forma. Esto se ve tanto en el acceso a banda ancha como a internet móvil. También identificamos, por un lado, que hubo una transformación de las rutinas en todas las familias con una mayor carga de trabajo doméstico y de acompañamiento de niños, niñas y jóvenes para las mujeres y, por el otro, que se desarrollaron nuevas habilidades para usar las tecnologías”, precisa.

Si se pudieran ver retratos de los primeros meses de la pandemia, una imagen se repetiría hasta el cansancio. Los límites que se borraron para aquellos que tuvieron la posibilidad de trabajar desde sus hogares fueron, en todos los ámbitos, un motor que incentivó nuevas estrategias de adaptación.

“Fue difícil porque implicó ponerse a repensar las dinámicas de trabajo entre nosotros y las técnicas a aplicar: hicimos grupos focales y entrevistas vía Zoom, encuestas en formato digital y autoadministradas, con todo lo que eso implica. Personalmente, no tengo hijos, pero fue desafiante. Generar las rutinas y poder hacer un espacio de corte con la rutina laboral sigue siendo lo más difícil. Creo que sigue sin salirme”, admite.

Ser testigo de situaciones de desigualdad desde temprana edad quizás fue lo que motivó a Magdalena a transitar la carrera de Sociología, pero, como la mayoría de las científicas, no fue su niñez y ni su adolescencia el periodo en el que vislumbraron un posible sendero para su vida profesional. Hoy, a sus 35 años, reflexiona al respecto: “Siempre tuve curiosidad por los temas vinculados a lo social. Creo que porque no era difícil sentirse sensibilizada cuando tenés una mamá docente de chicos con capacidades diferentes en los ‘90. De todas formas, no fue hasta después de recibirme que me sumé a trabajar en un proyecto sobre Conectar Igualdad, y empecé a pensar en la investigación”.

Esta falta de representaciones es común en una sociedad patriarcal en la que las figuras modelos de la ciencia están ligadas a los hombres. Y esa es la razón -sostiene Magdalena- por la que este reconocimiento es tan importante. “Es una vidriera para que niñas y jóvenes vean distintos caminos posibles para hacer ciencia no solamente desde un laboratorio con una bata, sino que sepan que hay otras formas de ser científicas como estar en diferentes territorios y hacer entrevistas. No como una cuestión modélica que todas tienen que aspirar, sino como un camino posible”, asegura.

Los desafíos están a la vista. Y, sin dudas, uno en el que coinciden estas investigadoras y llevan como bandera es romper con el techo de cristal en la ciencia. “Creció muchísimo la cantidad de mujeres que entramos a ser becarias, doctorales, posdoctorales, somos más de la mitad, pero no estamos en la mayoría de los espacios de toma de decisión. Ocupar posiciones de poder en el campo científico es uno de los retos más importantes”, afirma.

Detrás de grandes logros, hay años de lucha. Este reconocimiento es parte de eso, un trayecto histórico lleno de falta de oportunidades, pero también de espacios donde germinan pequeñas victorias, que siempre – reflexiona Lemus- son colectivas: “Esto es una forma de mostrar recorridos y hay personas que forman parte de ellos. La ciencia es una empresa colectiva. Nadie descubre ni construye conocimiento en solitario. Para mí, esto también es una distinción a mis compañeras del proyecto, porque nadie hace ciencia sola”.

Las científicas premiadas recibirán el reconocimiento este viernes 11 de febrero en el Centro Cultural de la Ciencia (C3) desde las 17 horas. El evento será transmitido en vivo y podrá verse por el canal de Youtube del MINCyT.


Las investigadoras galardonadas son: Natalia Fernández (Córdoba), Verónica Lucía Pugliese Solivellas (Córdoba), Emiliana Orcellet (Entre Ríos), María Noelia Salatino (Mendoza), Silvia Miró Erdmann (San Luis), Natalia López Celani (San Juan), Johana Maldovan Bonelli (Buenos Aires), Lemus Magdalena (Buenos Aires), María Verónica Vila (Chubut), María Dulce Henriquez Acosta (Río Negro), María Valeria Albardonedo (Neuquén),Lorena Álvarez Manríquez (Chubut), Julieta Rozenhauz (Chaco), María del Carmen Maurel (Chaco), Daiana Ibañez Alegre (Misiones), Paula Llomparte Frenzel (Tucumán), Ana Garay(Santiago del Estero) y Constanza Urdampilleta (Santiago del Estero).