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MOVILIZACIÓN POPULAR

“Chile volvió a demostrar el peso que tiene la lucha social”

El economista e investigador de CONICET Claudio Katz reflexiona sobre el trasfondo de la reciente sublevación en el país vecino y analiza el impacto de este proceso social en Argentina y en la región.

Claudio Katz* (especial para Agencia CTyS-UNLaM) Hay un momento en el que finalmente los procesos sociales estallan, se acumulan y explotan. Eso es lo que ha ocurrido en Chile: una sumatoria de hastíos ha salido a flote, que se destaca por su enorme masividad y continuidad, pese a la militarización y la gran represión que tuvo lugar en las calles.

Como se ha dicho, no son 30 pesos del subte, son 30 años de modelo neoliberal. Son más de un millón de personas las que ocuparon la alameda la semana pasada y, el viernes, ocurrieron otras manifestaciones del mismo alcance. Lo que sucede es que Chile se cansó, hay un pueblo que se ha puesto en marcha y denuncia los resultados aterradores del sistema.

Se trata del octavo país más desigual del mundo, en el que el 70 por ciento de los ingresos de cada hogar está comprometido con las deudas, en el que solo el 28 por ciento de la población vulnerable recibe algún tipo de apoyo estatal, en el que no se garantiza la gratuidad educativa en ningún establecimiento, en el que se pusieron de relieve los increíbles beneficios de un ejército que garantiza su presupuesto con la explotación de cobre, que está exento del sistema de jubilaciones y demás arbitrariedades.

Frente a esto, todas las concesiones sociales que el presidente Sebastián Piñera dio en dos semanas -y que se negaron a otorgar durante 30 años- ahora son insuficientes. Aquí el gobierno concedió inmediatamente la anulación del aumento del subte y otorgó muchísimas más concesiones pero el movimiento sigue porque no hay nada en el medio. A contramano de otras movilizaciones populares que están ocurriendo en Latinoamérica –como es el caso de Ecuador y la lucha contra la subida de los combustibles- en Chile no hay una estructura política que intermedie entre el gobierno y los manifestantes.

En este sentido, es necesario recordar que el presidente Piñera logró su segunda elección con una tasa de abstención record. Es decir, el grueso de la población ya se distanció de entrada de su gobierno y está estructuralmente distanciada de la Concertación, esto es evidente y se observa en el comportamiento de la oposición: durante las movilizaciones, Michelle Bachelet no exigió en ningún momento el levantamiento del toque de queda, y los referentes de la Concertación, inicialmente, justificaron la militarización. Es decir, el compromiso que permitió el funcionamiento del sistema neoliberal chileno también estuvo presente en estos días.

La diferencia con instancias anteriores de lucha en el contexto chileno, como las movilizaciones contra la jubilación privada en 2006 y por la educación en 2011, es que ahora los manifestantes no se quedan con las negociaciones, no escuchan porque la sublevación trasciende a la sumatoria de demandas. En este plano, veo semejanzas con el 2001 argentino porque, como ocurrió aquí, es una gran explosión popular sin liderazgos ni organización nítida, sin una corriente política que hegemonice o articule, es un estallido de frustraciones y, como tal, no admite pronósticos ni predicciones. Es un proceso en pleno desarrollo. Uno puede hacer paralelos en su gestación pero no tanto en su desemboque.

No obstante, lo que sí está aparecieron con mayor nitidez son dos demandas políticas sumamente radicales y significativas. Por un lado, que se vaya Piñera y, por otro, la creación de una asamblea constituyente. Es claro que lo que está cuestionando este movimiento es el sistema constitucional asentado en ese dispositivo post pinochetista que es la democracia chilena, porque, si bien se modificaron algunos elementos de lo que fue la constitución de Pinochet, no se transformó su sistema político. En Chile no se eligen gobernadores, por citar un ejemplo, y eso anula los canales intermedios, al tiempo que habilita un nivel de autoritarismo extremo, que se verifica con el peso del ejército en la sociedad chilena.

Lo que está en debate es una asamblea constituyente en el sentido de erradicar el régimen neoliberal, aquí la demanda de los que están en la calle es contra la desigualdad, contra la jubilación privada, contra el escándalo de que una persona se jubila con un tercio de lo que aportó en su vida, contra el hecho de que cuatro familias son prácticamente las dueñas del grueso de la riqueza nacional.

Esta sublevación nos habla, también, del gran giro político que se evidencia en toda la región. Chile es un país en llamas, pero hay un cambio general. Primero, porque en los países donde ha habido éxito en las demandas son por lo menos tres: Chile, Ecuador y Puerto Rico (donde, por primera vez en la historia de la isla, un gobernador tuvo que abandonar el cargo por la presión de las calles). Segundo, porque tenemos otras dos manifestaciones en curso aunque sin éxitos todavía. Uno es el caso de Haití y otro es el caso de Honduras, en los que la gente estuvo durante meses en la calle demandando la renuncia del gobierno.

Por otra parte, hubo victorias electorales muy importantes contra la derecha en la región. Tal es el caso de México, Argentina y Bolivia. Estamos en una especie de ebullición con una gran diversidad de luchas en las calles, de definiciones en las urnas, resistencias a nivel geopolítico a la hegemonía de Estados Unidos. En ese sentido, cada caso nacional es distinto pero, a la vez, condiciona lo que ocurre en el resto.

En lo que respecta al caso argentino, quisiera resaltar el impacto que tuvo y tiene todo este contexto, y en particular la sublevación de Chile. Los hechos ocurridos en las calles chilenas son muy sensibles simbólicamente porque el sistema de ese país ha sido el emblema del macrismo: durante cuatro años, el discurso oficialista ponderaba el modelo de Chile y sostenía que, si nosotros lográbamos imitar una economía como esa, el país finalmente se iba a encarrilar. La sublevación de Chile es importante porque le añade a la derrota electoral del macrismo una dimensión ideológica política.

Por último, brota una conclusión ineludible: Chile volvió a demostrar el peso que tiene la lucha social, la lucha popular para conseguir lo que el pueblo está demandando, y eso también creo que va a tener incidencia en Argentina.
Estos episodios nos recuerdan que, sin la presencia popular en las calles, es difícil obtener una recuperación del ingreso, y de los derechos. En la década anterior, lo que se obtuvo tanto en el plano democrático como en el económico y social estuvo precedido por el 2001. Es decir, antes de un proceso político, hay un cambio en la correlación social de fuerzas que permite y viabiliza mejoras populares. Lo de Chile es un recordatorio de cuán gravitante es la lucha en las calles para conseguir mejoras para la población.

*Claudio Katz es Licenciado en Economía (1987) y Doctor en el área de Geografía (1997). Dirige proyectos de la Universidad de Buenos Aires y es investigador del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONICET) . Coordinó grupos de trabajo de CLACSO y es miembro del Instituto de Investigaciones Económicas de Argentina. Actualmente, se desempeña como profesor de las cátedras Economía para Historiadores y Economía II en las Facultades de Filosofía y Letras y Ciencias Sociales de la UBA. Es docente de seminarios de doctorado y pos-grado y ha sido profesor invitado en universidades de varios países.

Fecha de Publicación: 2019-11-07
Fuente: Agencia CTyS