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NO HAY MONITOREOS PERIÓDICOS EN LA CUENCA

Ríos verdes, la punta del iceberg que revela un problema de equidad

Floraciones de cianobacterias tiñeron el agua en distintos puntos de la cuenca del Paraná a causa de múltiples factores, la mayoría humanos. Mientras se analiza el potencial toxicológico de estos microorganismos, investigadores y comunidades isleñas advierten un alto grado de abandono de la cuenca y una dificultad, cada vez mayor, de garantizar el acceso al agua segura.

(Agencia CTyS-UNLaM) – Hace algunas semanas, las costas de los municipios de Tigre, Berazategui, San Fernando, San Isidro y Puerto Madero amanecieron de un color verde intenso. La población isleña alertó sobre el fenómeno y tomó las primeras muestras en colaboración con el grupo de Sensores Comunitarios (CoSensores), con las que lograron identificar la presencia de cianobacterias del género Microcystis, organismos muy antiguos que componen un tipo de plancton fotosintetizador y que pueden ser potencialmente tóxicos para quienes dependen del agua del río. 

“Las floraciones están promovidas por una multiplicidad de factores humanos”, dijo a la Agencia CTyS-UNLaM la investigadora de CONICET Inés O’Farrell, integrante del Instituto IEGEBA (CONICET-UBA) y una de las científicas encargadas de tomar las primeras muestras del agua junto a integrantes de la Autoridad del Agua (ADA) y de AySA, a pedido de la Municipalidad de Tigre. En este informe, distintos investigadores y habitantes de las comunidades afectadas revelan el carácter social y político de una problemática que se presume ambiental.

“Tenemos actividades agropecuarias en las que usamos excesos de fertilizantes y de herbicidas como el glifosato que, en su molécula, tienen mucho fósforo. Al ir aumentando el nitrógeno y el fósforo de los sistemas, hay mucha cantidad de nutrientes disponibles en el agua que las cianobacterias aprovechan para desarrollarse y florecer”, amplió la experta, en sintonía con las denuncias de vecinos del Observatorio de Humedales del Delta: “Estos hechos nos tienen que permitir recuperar una mirada integral sobre el ambiente que, por un lado, nos permita mirar sobre qué pilares está parado este modelo de desarrollo”.

Un caldo de cultivo
O’Farrell comenzó a estudiar las cianobacterias a mediados de los años ochenta y detectó que, desde entonces, las actividades humanas y el cambio climático fueron generando cada vez mejores condiciones para que estas especies acuáticas conquistaran nuevos entornos.

En principio, que se las vea río abajo en una de las cuencas más importantes de América Latina es el primer indicio de un desbalance, porque se trata de microorganismos característicos de embalses y cuerpos de agua con escaso movimiento, “lentificados”, que les permiten moverse del lecho a la superficie dominando el viaje.

“Actualmente –señaló O’Farrell- el Paraná está con una bajante histórica y, como las lluvias recién se esperan para el comienzo del otoño, el río tiene y tendrá muy poco agua, lo que favorece que los sólidos en suspensión decanten y el agua se torne más transparente”. A las condiciones de luz y quietud, se le suma la gran cantidad de nutrientes vertidos al río por la agroindustria, tres condiciones fundamentales para que estos microorganismos florezcan en gran cantidad.

Además, las cianobacterias cuentan con un arsenal de toxinas que favorecen su capacidad adaptativa, y que, en contacto con mucosas, pueden producir cefaleas, afecciones intestinales y respiratorias y, en casos de ingesta, posibilidad de daño hepático, en riñones, pulmones o hasta en el cerebro.

“Hay un ingreso de nutrientes inmenso porque prácticamente no hay plantas de tratamiento en las ciudades sobre el Paraná, ni en muchas ciudades ubicadas sobre las lagunas pampásicas o sobre el río Uruguay”, alertó la experta.

Agua y sed, difícil mezcla
Las grandes plantas potabilizadoras como AySA –que abastece a la Ciudad de Buenos Aires y el AMBA- tienen la posibilidad de hacer un tratamiento distinto al convencional, con el que logran remover las toxinas. Se trata de procesos como la floculación, que requieren de carbón activado o de técnicas de ozonización, en muchos casos fuera del alcance de las cooperativas potabilizadoras que proveen agua a la población río arriba.

A su vez, al interior de las islas, los habitantes suelen tratar el agua con filtros caseros que, en muchos casos, son inadecuados para la eliminación de contaminantes como las cianobacterias. Frente a esto, se apela a otro tipo de medidas paliativas, generadas por las comunidades en diálogo con investigadores.

Tal fue el caso del equipo interdisciplinario CoSensores –Integrado por investigadores y estudiantes de distintas universidades públicas- y del Observatorio de Humedales, en el que también participan habitantes de las islas del Delta, que difundieron acciones de prevención apenas se registró el cambio de color en el río.

“Trabajamos en el desarrollo de técnicas para detectar contaminantes en el agua en distintos territorios del país y para que, con esa primera información, las comunidades puedan tomar decisiones. Eso es lo que pasó ahora: a veces los tiempos de la academia para hacer los análisis son largos, y es necesario que sea así, pero también hay que actuar de manera urgente”, contaron a la Agencia CTyS-UNLaM los integrantes de ambos equipos.

Desde 2013, CoSensores coopera con comunidades diseñando herramientas de software y desarrollo libre, abierto, pasibles de aplicar y modificar según las necesidades que surjan en cada territorio.

Así han generado conductímetros, colorímetros y medidores de ph, de turbiedad y de distintos parámetros que pueden dar cuenta, de forma temprana, de alguna alteración en los cursos de agua por presencia de metales pesados, hidrocarburos o agroquímicos, y que también sirven para evaluar las deficiencias de los tratamientos que se aplican a las aguas. “Los biosensores no miden concentraciones de esas sustancias y metales, pero sí dan importantes señales acerca del estado del ambiente en general”, apuntó Lara, una de las integrantes del equipo.

El pedido de una mirada panorámica
Para los académicos y lugareños, las cianobacterias que emergieron son la consecuencia de, por un lado, la creciente presión de la producción intensiva sobre los cursos de agua y, por otro lado, el abandono y la falta de planificación integral del territorio y del agua como recurso.

La cuenca del Paraná, desde su ingreso al territorio argentino hasta su desembocadura en el sistema del Río de la Plata, no está gobernada, en ninguno de sus trayectos, por ninguna autoridad de cuenca o comité interjurisdiccional que ponga sobre relieve, en primer lugar, los niveles de contaminación presentes en sus cuerpos de agua.

“Si observamos el mapa, vamos a ver que tenemos una de las cuencas más importantes de América Latina sin una gestión unificada por parte de las provincias, sin una estrategia específica y con múltiples problemas en la gestión del río”, apuntó la investigadora del Instituto de Estudios sobre la Ciencia y la Tecnología de la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ), Paula Juárez.

Si bien existen organismos como el Consejo Hídrico Federal (COHIFE), cuyo rol es la articulación entre las provincias, solo ha generado estrategias de gestión en casos donde hubo conflicto manifiesto entre estas. En otras palabras, solo los ríos judicializados, son los que llevan algún tipo de monitoreo, como ocurrió en el caso de la cuenca Matanza-Riachuelo, intervenida por ACUMAR.

Por otro lado, el mapa del Sistema Nacional de Información Hídrica, que contempla todos cuerpos de agua del país, muestra que, de las tres estaciones ubicadas sobre la cuenca del Paraná, ninguna exhibió datos sobre la calidad del agua en los últimos dos años.

Sin embargo, investigación al respecto no faltó. En 2019, O’Farrell publicó un metaanálisis que registraba las detecciones de cianobacterias sobre 122 cuerpos de agua de distintas eco-regiones del país, desde 1945 hasta 2015, y discriminaba los parámetros que podían favorecer su floración.

Ya entonces, la región pampeana, intensamente “agriculturizada”, y la ecoregión del Chaco seco, que concentra la mayor cantidad de hogares sin acceso al agua corriente, habían mostrado poblaciones de estos organismos muy por encima de los valores de referencia de la Organización Mundial de la Salud.

El estudio, publicado en la web GIS de la Secretaría de Recursos Hídricos, instaba también a reconocer que estos escenarios se verían perjudicados por la intensificación del uso de agroquímicos, los desmontes y la construcción de embalses, junto a una mayor ocurrencia de extremos climáticos, como inundaciones y sequías.

Para el investigador de CONICET en el Instituto de Estudios sobre la Ciencia y la Tecnología de la UNQ, Lucas Becerra, la aparición de estos contaminantes habla de la ausencia de planificación territorial y de una agenda política signada más por los centros de consumo que por los territorios en donde se emplaza la actividad productiva.

“Cuando uno se pregunta para quién es un problema –explicó Becerra- encuentra que lo es solo para aquellos que toman esa agua y que, encima, son sectores de la sociedad de ingresos medios bajos, con escaso nivel de representación sociopolítica y con una agenda de problemas mucho más amplia, ya que el agua no es el único tópico de pugna política”.

Se trata de problemas estructurales entre los que destacan la falta de acceso al agua, a la vivienda y a un ambiente sano, que suelen estar invisibilizados, y solo aparecen en escena cuando algún otro problema emergente llama la atención, como un río teñido de verde.

Fecha de Publicación: 2020-11-26
Fuente: Agencia CTyS